El monje del saco

El monje del sacoLa lluvia no permitía que los habitantes de la cabaña escuchasen al hombre que tocaba la puerta. De pronto, en un pequeño intervalo se escucharon 3 toques. La mujer estaba sola con sus dos pequeños en la cabaña. Al abrir la puerta de la humilde cabaña, la alta figura de un monje apareció, un saco pesado doblaba un poco el cuerpo del religioso, pidió un lugar para pasar la noche y la mujer, religiosa como todas las amas de casa en aquel pueblo, le cedió lugar.

Calentó un poco más de avena para el monje, quien les contó que venía de las montañas, de buscar algunas piedras especiales para un altar. Esto lo dijo para calmarlos porque los notó nerviosos cuando puso el saco en el piso y se escucharon varios sonidos secos. El monje les estuvo hablando de la fe, del poder de salvación que tiene para los más humildes mantener la fe y que sus sacrificios en esta tierra serán recompensados en el cielo y todo lo que viene con ese discurso.

A la hora de dormir, el monje se acomodó en el piso, cerca de la puerta de la vivienda, sobre una manta que le puso la señora.

Todos durmieron tranquilos, al día siguiente, la mujer se despertó y pensó en ir a preparar algo temprano para que el religioso comiese algo antes de partir, pero se cayó. Sintió un peso extraño en las piernas, como si algo la hubiese llevado hasta abajo. Miró y

¡No tenía piernas!

El monje, en realidad recolector de huesos, los desmayó con una sustancia que siempre cargaba para ese fin y con otro líquido les detenía el sangrado luego de cortarlos. Casi siempre morían al día, pero al menos los mantenía con vida para despertar y horrorizarse.

Si era un monje, pero un monje satánico y en cada casa dejaba 3 o 4 personas, mujeres, niños, ancianos, sin piernas para preparar bien el altar del que habló, un altar de huesos de personas a quienes se les ha arrancado las partes en vida.

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